Aún en los primeros años del fenómeno del gran éxodo español entre el campo y la ciudad, el corresponsal de Mediterráneo en Segorbe se lamenta, un domingo de agosto de 1956, al constatar cómo «nuestros jóvenes braceros se marchan, emigran a otras tierras para con sus brazos crear producción y riqueza». Las causas son múltiples y el repaso del reportero a las mismas, exhaustivo: el final de «las pocas obras particulares» que había en la población, las heladas que arrasan producciones agrarias y «las pocas noticias halagüeñas que nuestras autoridades ofrecen» no cuajan. El Palacio Episcopal es «el único en España sin reconstruir» tras la guerra, el Instituto Laboral «el único en la provincia sin comenzar», el nuevo colegio tiene goteras, el mercado cerrado…
Así, relata que 40 obreros han sido contratados para la instalación de una red eléctrica «por las montañas de Lérida», otro grupo se destina a las obras de la ciudad de Valencia y otro grupo, «el más numeroso, espera la ocasión para partir hacia las faenas de la vendimia, en Francia». El periodista se lamenta con «profundo dolor» al ver cómo otras poblaciones «que nunca fueron ni tuvieron nada, hoy van florecientes y progresivas duplicando y triplicando su número de habitantes».


