Memoria de la excomunión de la villa de Castellón en 1628 (24.10.1930)

En octubre de 1930, las efemérides del Diario de la Mañana rescatan para la memoria de sus lectores el episodio de la excomunión dictada contra la villa de Castellón por el obispo de Tortosa 302 años antes, en 1628. El obispo era Justino Antolínez de Burgos (no Faustino como se le llama por error) y el periódico cuenta que el origen de tal decisión ecleciástica es económico: «a causa de la gran escasez y carestía de comestibles que aflijía a este reino, acordaron los Jurados de Castellón comprar por su justo valor todo el trigo que hubiese en el término», incluyendo «el que pertenecía al diezmo» del prelado dertusense. Por ello, el obispo «fulmina una excomunión» contra Castellón «por haberse incautado, pagándolo antes» de lo que le correspondía.

En respuesta, la villa recurre a la Real Audiencia (de Valencia) expresando los motivos de su decisión. El municipio «acrimina después con duras palabras» la conducta del obispo «tenint com a pastor i prelat més precissa obligació de socorrer les necesitats de sos feligresos… etc.»

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La matanza de cerdos, al matadero y las vacas, fuera de la circulación (23.10.1895)

Heraldo de Castellón informa sobre una reunión de la Junta Local de Sanidad en el otoño de 1895 y señala que el órgano, «inspirándose en el justo clamoreo de la opinión» pide o más bien «excita al ayuntamiento para que prohíba en absoluto la matanza de cerdos y demás reses en otro sitio que no sea el matadero», por razones de higiene. Así propone acabar con «los abusos de la matanza en vía pública» y en defensa del «buen nombre» y la «cultura» de la ciudad.

Asimismo, se «invita» a la corporación municipal a que dicte una orden «para que dejen de circular por la población las vacas, medida que encuentra apoyo en lo que acabamos de exponer y que coloca hace tiempo a Castellón al nivel del más miserable de los villorrios».

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Al día siguiente, el periódico se congratula por la aprobación de las medidas por parte del Ayuntamiento y pide que vaya más allá en la «campaña sanitaria»: «el Heraldo vería colmadas sus ambiciones de siempre si además de llevar a cabo las indicadas medidas se instalaran mingitorios públicos y desaparecieran de los alrededores de Castellón las putrefactas balsas de macerar cáñamo».

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Un caso de ‘cólera’ taurina en la Torre d’en Doménec (22.10.1885)

En 1885, la tercera oleada del cólera en el siglo XIX en la provincia -tras las de 1834 y 1855- deja un rastro trágico, con más de 700 muertes solo en el partido judicial de la capital. En octubre, El Clamor de Castellón da cuenta de unas «fiestas táuricas» que se celebran en la Torre d’en Doménec «con motivo de no haber sido invadidos por la epidemia colérica». En el suelto, el periódico republicano tira de ironía para referir «una terrible hecatombe» durante los festejos taurinos.

El caso es que «el tercer marrajo» de la fiesta derriba el carafal desde el que asistían al espectáculo «el ayuntamiento, un señor canónigo, el cura de la población y otros presbíteros», amén de varios músicos. El primer topetazo da en tierra «con todo el tinglao y con todas las autoridades civiles, eclesiásticas y musicales». Según el relato de El Clamor «hubo la de Dios es Cristo» con lesionados varios «y aun, válgate, que varios Frascuelos de afición, pudieron entretener al bicho, que muerto de risa, se volvió al corral a contar el caso a sus hermanos». El periódico termina preguntándose si acaso no se trata de un caso de cólera.

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