Los vecinos limpian las calles para facilitar la labor de los barrenderos municipales (26.04.1910)

A finales de abril de 1910, Heraldo de Castellón anuncia la inminente publicación de un bando del alcalde Odilón Gironés «ordenando que el barrido de las calles lo efectúen los vecinos» y estableciendo horarios para ello. Los montones de basura resultantes sería recogidos luego por los barrenderos municipales.

La instrucción es mantenida en el tiempo con algunos pequeños ajustes, como muestra una circular del alcalde Juan Bautista Carbó, de la que se hace eco El Clamor el 19 de julio de 1922: se diferencian horarios de verano e invierno y se insta al vecindario a optar entre guardar las basuras «en su establo o corral» o entregárselas «al barrendero público».

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Pocos años después, los servicios municipales de limpieza se amplían y mejoran, con Salvador Guinot como alcalde. El 17 de septiembre de 1926, La Provincia Nueva explica que las brigadas «barren y amontonan la basura en las calles» para recogerla después. No obstante, el periódico tira de buenas dosis de ironía para hablar de «un deporte municipal divertidísimo»:

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La solidaridad del Grao con un pobre obrero murciano (26.04.1910)

A finales de 1910, El Clamor se hace eco en este breve reportaje de un problema social: «todos los días vienen pobres a granel». Y pone como ejemplo la «odisea» particular de un obrero murciano que recorre la costa en busca de remedio para su miseria y acaba desmayado en el Grao de Castellón. El periódico detalla las muestras de solidaridad con que los graueros socorren al hombre, incluyendo un pasaje gratis de barco para trasladarse a Barcelona, donde «un pariente albañil» le ha prometido un empleo.

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Un arriesgado salto de más de 3,5 metros para ganar una apuesta en Tírig (25.04.1900)

«Una apuesta original y en extremo arriesgada» se lleva a cabo en Tírig el Viernes Santo de 1900, 13 de abril, según informa Heraldo de Castellón unos días más tarde. El albañil Antonio Maceo -extrañamente también citado como Vicente Albalat– se juega con sus amigos nada menos que 50 pesetas «a que de un salto cruzaba una de las calles del pueblo, dando el salto de tejado a tejado». Aceptado el reto, a mediodía del día señalado, «a presencia de casi todo el pueblo saltó de un tejado al de enfrente», superando una distancia de 18 palmos (unos 3,60 metros) y evitando una caída que hubiera sido de nada menos que 40 palmos de altura (8 metros). Al quedar «ileso», le son entregadas de inmediato las 50 pesetas, según recoge el diario, quien también incluye en su breve crónica la valoración de otro periódico, El Regional: «algún día lo recogerán hecho un ovillo».

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