En 1885, la tercera oleada del cólera en el siglo XIX en la provincia -tras las de 1834 y 1855- deja un rastro trágico, con más de 700 muertes solo en el partido judicial de la capital. En octubre, El Clamor de Castellón da cuenta de unas «fiestas táuricas» que se celebran en la Torre d’en Doménec «con motivo de no haber sido invadidos por la epidemia colérica». En el suelto, el periódico republicano tira de ironía para referir «una terrible hecatombe» durante los festejos taurinos.
El caso es que «el tercer marrajo» de la fiesta derriba el carafal desde el que asistían al espectáculo «el ayuntamiento, un señor canónigo, el cura de la población y otros presbíteros», amén de varios músicos. El primer topetazo da en tierra «con todo el tinglao y con todas las autoridades civiles, eclesiásticas y musicales». Según el relato de El Clamor «hubo la de Dios es Cristo» con lesionados varios «y aun, válgate, que varios Frascuelos de afición, pudieron entretener al bicho, que muerto de risa, se volvió al corral a contar el caso a sus hermanos». El periódico termina preguntándose si acaso no se trata de un caso de cólera.


