En una de sus Pinceladas de marzo de 1930, Ticio hace uso de la ironía para celebrar una decisión del Ayuntamiento de Castellón presidido por el alcalde Manuel Peláez Edo, pocas semanas después de que el 28 de enero el general y dictador Miguel Primo de Rivera presentase su dimisión al rey Alfonso XIII, dando paso a la llamada Dictablanda.
En su artículo de Heraldo de Castellón, el columnista se alegra de que el nuevo consistorio devuelva a la calle Mayor su nombre original, sustituido por la corporación anterior por el del dictador: «un clavo saca otro clavo» y arremete contra la «falta de personalidad de los que tomaron el acuerdo, que a fin de cuentas disponían de lo que no era suyo» y lamenta que atentasen contra «la tradición del pueblo», contrariando «su modo de sentir», con el agravante de «tener por móvil un inmoderado afán de pelotilleo«. La prueba definitiva de esa intención aduladora la encuentra Ticio en que «la calle Mayor estaba rotulada, como suelen estarlo todas, con dos lápidas en sus extremos, pero esto pareció poco y se rotuló con tres», con la tercera situada en mitad de la calle. Esta última, por cierto, sería «cambiada dde sitio» tras colocarse inicialmente en la fachada de un edificio «en el que existe un bazar de calzado», «sin duda porque la muestra del bazar era El rey del calzado y suspicaces los munícipes, quisieron evitar toda relación entre la muestra y la lápida que estaba a su lado». La decisión de rotular la calle con el nombre de Primo de Rivera se tomó el 3 de diciembre de 1926, siendo alcalde Salvador Guinot Vilar.


