Una semana después del Miércoles de Ceniza de 1950, los lectores de Mediterráneo se encuentran con una circular del Gobierno Civil de Castellón. En ella, el turolense Luis Julve Ceperuelo realiza una larga introducción en la que se apoya en «la elevada significación religiosa del Santo Tiempo de Cuaresma» y «la necesidad de acomodar la vida pública y sus manifestaciones externas al sentimiento religioso que informa desde tiempo inmemorial la existencia toda del pueblo español». Ambos factores influyen «decisivamente en las determinaciones de la autoridad» deseosa de conservar «los altos ideales y valores eternos de nuestra raza».
La conclusión es sencilla: el gobernador dispone que a partir de ese mismo jueves 23, «queda prohibida la celebración de bailes de todo género, en cualquier local de pública concurrencia y otros cualesquiera, sin excepción de clase alguna, hasta el Sábado de Gloria a las diez de la mañana».


